Son
las 7 de la mañana y Martín desayuna un café negro con una medialuna de grasa,
tibia y crujiente. Revuelve en forma circular hacia un lado y hacia el otro su
café. Mira a través de la ventana espejada del piso 25 del Edificio Madero
Office Center. Sus ojos se detienen, casi ausentes, en el río. Piensa, insiste, suspira, no comprende, no
comprende. Se pregunta y se responde en forma continuada: “¿Por qué justo van a
cerrar el comedor? ¿Qué va a pasar con Andrés?”
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-¡Acá viene Martincho! ¿Qué
haces loco? ¿Por qué no vas a venir esta noche?
- Ya les dije, ¡no me
interesa!
- Dale, dale Martincito…vos
podes. Nosotros hacemos de campana y vos te llevas lo primero que encontras en
lo del viejo Osvaldo.
-No insistan, ¡no quiero!
- Desde que te ves con
ese cura, estás hecho un gil. Vaya a saber que te metió en la cabeza.
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Martín
no dejaba de interrogarse por el destino de Andrés: “¿Qué voy hacer con Andrés?
Yo le di mi palabra, no va a entender. Se va a sentir defraudado. Yo puedo
hacer algo, debo hacer algo. Voy a hablar con Soledad, ella me va a ayudar” –
pensó.
- Buenos días Martín.
-Buenos días Gerardo.
- ¿Ya le informaron lo
del comedor, no?
-Sí, me entristece. Era algo bueno lo que
hacíamos. ¿No hubo forma de… - y antes que terminase con su pregunta, su
jefe lo interrumpió - No, ninguna, las órdenes fueron claras,
recortar todo gasto que no sea imprescindible y el comedor no lo es.
Esas
palabras dichas ligeramente, se agolpaban en la garganta de Martín,
entremezcladas con el café negro que ahora le raspaba y le provocaba un calor
insoportable en su cuello.
-Comprendo Gerardo, solo que hay muchos
chicos que se van a perjudicar.
-Martín nosotros no estamos para salvar al
mundo. Esos chicos están condenados. No tienen vuelta atrás, seguramente
sabremos de ellos en los diarios de los próximos años, porque se transformarán
en rateros, asesinos, violadores, usted ya sabe, no hace falta que le explique.
Cambiando de tema, necesito la minuta de la reunión de ayer para el mediodía.
Gracias.
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-Hola Padre ¿Cómo está?
-Qué sorpresa
Martincito, qué alegría me da verte ¿Cómo anduvo hoy el trabajo con los
diarios?
-Bien, bien
-¿Te ves raro?
¿Problemas en la escuela?
-No, no. Voy mejor que
antes, me saqué un siete en la prueba de verbos.
- Muy bien, te felicito.
Entonces ¿por qué esa mirada cabizbaja?
-Otra vez
-¿Otra vez qué Martín?
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Eran
casi las doce y Martín no podía escribir ni media oración acerca de la reunión
con todos los coordinadores de las diferentes áreas del banco. Él, que tenía a
su cargo la gestión sobre los procesos de control y calidad llevados a cabo por
cada uno de los departamentos, quería por un momento aquietar su mente,
separarla de su cuerpo y encontrar una respuesta, algo tranquilizador. En
definitiva ¿por qué tanto interés y preocupación por Andrés? – se cuestionaba.
Andrés
era parte de su corazón, se había adherido a su alma, desde que lo conoció ese
domingo en el comedor de San Telmo. Nunca olvidó que fue el único de los niños
que al verlo entrar lo miro y le sonrió. Una sonrisa que se dibujaba precisa de
un punto al otro punto de la boca, de manera franca y con un hoyuelo pequeño en
su mejilla derecha. Andrés tenía seis años, hablaba muy poco y su melena era
castaña y revoltosa. Sus ojos grandes, eran una mezcla de girasol y castañas.
Martín
se sentó ese primer día a su lado y le dijo: - Este es un lugar al que podrás
venir siempre, y no solo para comer cosas ricas, sino para jugar, pintar y
hacerte amigos –
Andrés
lo abrazó y soltó una lágrima. Martín sólo pudo contenerlo e instintivamente
tocó con el pulgar de su dedo izquierdo la medalla de San Benito que le había
obsequiado a sus once años el Padre Luis.
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-El Colo y Pablo, quieren que salga con
ellos. Ya sabe, padre.
-¿A robar? ¿Eso quieren?
-Si – contestó con pudor
Martín.
-¿Y vos que pensas?
-Que… está mal.
-Entonces si ya sabes
que está mal, ¿Qué te entristece?
-Que si yo saliera con
ellos, aunque sea una vez, podría ayudar a mi mamá y a mi papá.
-¿Ayudarlos, robando?
-Tampoco, es para decir
así…
-¿Y cómo debería
decirlo? ¡Voy a tomar algo prestado de otros!
-Nos están por desalojar
de la habitación, padre. Mamá llora y la plata por la venta de los diarios solo
alcanza para la comida. ¿Me entiende padre?
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-Mi amor ¿me llamaste?- preguntó Soledad
a Martín.
-Si gorda, estoy mal, cerraron el comedor.
¿Qué vamos a hacer con Andrés? Había avanzado mucho en estos últimos años. Yo
le prometí ¿te acordas? Ahora va a volver a la calle. Yo no quiero. Estoy
angustiado.
.-Tranquilo, si queres esta noche lo hablamos
en casa ¿te parece?
-¡No puedo trabajar! Gerardo solo se preocupa
por informes y minutas. ¿Podes creer que ni se inmutó con el cierre del
comedor? ¿Tan frío se puede ser? Y yo que creí en los valores de esta empresa,
pensando que había una mirada solidaria sincera, un deseo permanente de ayudar,
de revertir, de transformar y es todo una gran farsa, un revestimiento llamado
Responsabilidad Social Empresaria. Ya está, nos llevamos el premio por los valores éticos
y morales, aumentamos la reputación y notoriedad y ahora el comedor pasa a ser
un descartable, algo que – según Gerardo – no es imprescindible.
-Sabíamos
que podía pasar esto. Era una posibilidad- le respondió su novia.
-Yo lo único que admito que pase en la vida
de una persona es la “posibilidad”, es la “oportunidad”. Eso que tuve yo. Vos sabes.
-Hablamos en casa amor,
no te angusties. Beso. Te amo.-
-Chau hermosa. Apenas
termino voy para casa. Te amo-
se despidió Martín, que nada lo calmaba, ni siquiera la conversación con su
novia desde hace 8 años. Su concubina, en realidad. Martín y Soledad eran
convivientes, marido y mujer de hecho, pero esas categorías las detestaban, así
que preferían presentarse como novios, sentían que ese término encerraba el
concepto de frescura, libertad y amor sincero. No tenían hijos, no podían tener
hijos. Habían hecho varios tratamientos y ninguno tuvo los resultados
esperados. Al principio se habían desesperado, estaban tensionados, casi al
punto del reproche, pero el amor entre ellos estaba sostenido principalmente en
el pilar de la empatía, del entendimiento, de la contención.
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-¿Y por qué en vez de
pensar en robar, no ayudas a vender más diarios a tu padre? ¿O aprendes a
tallar plata, como lo hace tu madre y ofreces esas joyas artesanales tan
preciosas? sugirió el
Padre Luis
-Es que ahora no tiene mucho tiempo, mi
hermanita tiene un año y medio apenas, y se ha enfermado bastante. Es asmática
¿no sé si le conté?
-Sí, sí. Además, la vi a tu madre el otro día
en la salita, esperando que la atendiera el doctor ¿Y ahora está mejor Jazmín?
-Sí, ¡pero si vamos a la calle, en este
invierno, se va a enfermar! Yo no quiero que se muera mi hermanita- dijo
con voz entrecortada y suave Martín.
-Nada de eso va a suceder, yo te lo prometo
– afirmó mirándolo con ternura, el padre Luis.
-
¿Y eso cómo me lo puede asegurar?
- ¿Crees en Dios?
-A veces sí, a veces no.
Ahora estoy enojado con él
– por ejemplo.
-
¿Sabías que cuando nos enojamos con Dios,
él nos quiere igual, nos cuida?
-No estoy tan seguro, Padre.
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-¿En serio lo harías? – le pregunta Martín emocionado a Soledad.
-Yo también lo quiero – responde sin
titubear su novia.
-Pero antes me habías dicho que no, que era
complicado, que nos cambiaría nuestra vida-aclaró Martín.
-El antes y el futuro, no existen. Esto es
ahora, el presente, lo que decimos, decidimos y hacemos.
Ante
estas palabras Martín abraza en forma envolvente a Soledad, le besa suavemente
la mejilla. Ella sonríe. Él no puede creer lo que acaba de escuchar. De pronto
su preocupación sobre Andrés se deshace, se esfuma, se desarticula.
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-Hagamos un trato, como
diría el querido Benedetti
-¿El poeta uruguayo que
usted me enseño, Padre?
-¡Exacto! Tenes una
excelente memoria.
-Voy a regalarte algo
muy preciado por mí, pero prometeme que lo llevaras siempre, que pase lo que
pase nunca te desprenderás de él, con lluvia, con sol, en el barro, en el
cemento, cuando crezcas y te conviertas en ese gran hombre que vas a ser.
-¿Qué es Padre?
-La medalla de San
Benito ¿La conoces?- interrogó el Padre Luis.
-Mmmm, creo que no
-Es protectora de todo
mal, de todo demonio, de toda tentación. Esos muchachos quieren tentarte a
pecar, incitarte a que hagas algo de lo que te arrepentirás porque tu corazón
tiene luz. Estas hecho para hacer el bien. Así que cada vez que pienses que
algo malo puede suceder, que algo no está bien, que alguien quiere quebrar tu
fuerza de voluntad, toca con tu dedo pulgar la medalla y reza, pide protección
para ti y tus seres amados, y te puedo asegurar que no tendrás nada que temer.
Tendrás tu oportunidad en esta vida, tu hermana y tus padres también.
________
-
Eso es lo que haremos. Me siento feliz,
será nuestra oportunidad, nuestra posibilidad de ser una gran familia. Lo
adoptaremos Sole, ¡Andrés será nuestro hijo! - es lo que gritaba Martín,
extasiado, pleno, sin dejar de abrazar a
Soledad y tocando con su pulgar la
medalla de San Benito.