El sueño de la escritura

El sueño de la escritura

lunes, 10 de agosto de 2015

La primera herida

Nuestro amor comenzó suave, delicado, en pleno invierno. Con las ansias de encontrarnos, de ser esa otra persona, que siempre buscamos. Y así fue que navegamos por las aguas de la belleza, de la sensibilidad, de la ternura, de la pasión, de la amistad. Y cada día la entrega fue mayor. Con tu prudencia y mi impulsividad hemos logrado combinar el equilibrio de nuestros corazones.
Pero una noche, nos dejamos la primera herida, yo a vos, y vos a mí. Una marquita, pequeña, en el corazón. Y uno se pregunta ¿por qué ahora? ¿por qué cuando el amor va remontando vuelo ocurre esto? ¿por qué cuando las almas comienzan a abrazarse en la intimidad de los sueños, nos enfrentamos? ¿por qué tu frase “tal vez no seamos el uno para el otro” la sentí como una copa de cristal quebrándose en miles de piezas? ¿por qué las lágrimas brotaban de un lugar mucho más profundo que el corazón, acompañadas de un dolor, que hasta este momento nunca había experimentado? ¿por qué cuando no medimos las palabras podemos abrir puentes de distancia, que sólo nos conducen a la soledad más profunda?
La tormenta pasó y me volviste abrazar, como lo haces siempre, con tu protección y tu dulzura, pero sabemos, al mirarnos, que hemos atravesado en el mar de nuestra travesía, la primera herida.

El mejor de mis sueños

Tu respiro ahogado
Bajo el cigarrillo
Que se prende en tus labios
Se entremezcla con tu latir
Acelerado
Cuando te estoy abrazando…

Y tus ojos que me evaden
Para no ir al encuentro
De mi mirada amorosa
Y llena de deseo
Que te está esperando.

El recuerdo de nuestro
Beso descolgado
En un cielo húmedo y tieso
Desciende por mi mente
Cuando mis manos
A tu cabello
Acarician lentamente...

Y cuando compartimos
Un segundo de complicidad
Con nuestros ojos ansiosos
Pareciera que nuestros sentimientos
Se asemejan
Aunque tú quieras ocultarlo.

Tal vez sean mentiras
Que se inventa mi propio corazón
Para poder vivir mejor…
Pero yo te veo y me derrito
En el silencio
Al sentirte tan mío
Como el mejor de mis sueños.

Nuestro Secreto

Nuestro secreto
se esconde tímido
entre las horas
de un tiempo pasado.
Una despedida inesperada
y una sonrisa cómplice
hicieron sus andanzas.
Nuestro secreto
se desata tímido
cuando me miras
y mis ojos delatan
su delicia al detenerse
en tus ojos de mar.
Nuestro secreto
se calla
ante la mirada
indiscreta
y se ruboriza
si por imprudencia
una caricia sobre
tu camisa
echo a rodar…
Nuestro secreto
lo guardo muy intimo
en mi corazón
como quien guarda
un diamante sin tallar.
Nuestro secreto
lo lleva ondulante
mi boca al caminar
cuando al morderme
los labios tu beso dulce
vuelven a desear.
Nuestro secreto,
mi secreto mas que el tuyo
encierra en mis días
la mejor noche de mi vida:
Sentí tus labios
sobre mi boca
como rocío angelical.
Nuestro secreto
del que nadie sabe
y tu nunca confesaras
enlaza en mi mente
la forma en que temblaste
cuando te abrace
y en mi, cariño
todo el amor
que sobre tus labios
esa madrugada sin estrellas
deje.
Y aunque tu no lo recuerdes
y en otros brazos, hoy te encuentres
sabes que nadie podría darte tanto
en solo cinco minutos de amor:
los minutos que duro el encanto
de tu abrazo, y tu cuerpo temblando
cuando al besarme supiste
que yo te estaba entregando ese ese acto
-mas que hermoso para mi corazón-
todo mi amor.

viernes, 5 de junio de 2015

Inesperado

Ese color en los ojos, no te sienta bien, pero no es mi culpa.
Y si tu cabello está quebradizo y sin brillo, no es mi trabajo que así lo veas.
Si la camisa queda más ajustada, no me reclames.
Si no te encuentras bonita, no hagas que te compare, con otras.
Te enfureces cada día, pero yo no puedo hacer nada.
Las marcas están, las de afuera y las de adentro, el corrector no te servirá para taparlas.
Ese jean ya no es para ti, pero te empeñas en usarlo y después, me culpas a mí.
No deberías luchar conmigo, porque siempre ganaré.
No quiero que te sientas mal, pero deberás aprender a mirar diferente, si quieres obtener otro reflejo.
No me culpes, yo solo estoy aquí….
                                                                                                                                             El Espejo

lunes, 23 de marzo de 2015

El beso del ángel


Un susurro
De jazmín
Condensado en el aire.
Un latir a punto
De estallar...
Estrellas ocultas
Detrás de la luna
Y miel en su boca.
Suave presión
Con sus labios
Y el cielo en sus manos
Su alma en ese instante
Ascendió dulce
En una armónica
Melodía.
Después el encanto
Desapareció.
Ella preguntó:
¿Qué ha pasado?
Y alguien respondió:
"El ángel te ha besado".


Miedo

Frío, intermitente,
se acurruca el miedo
entre mi alma serena.

Miedo de perder
hasta  lo que no tengo
y ver derramado mis
esfuerzos
en un final previsible.

Doloroso, el miedo
se acomoda entre mis manos
mientras tiemblo
pensando en una soledad
que me abrazará
si las verdades se encadenan
en una mesa de antiguos
rencores y promesas falsas.

Miedo que me abruma
y no me dejar sentir
atrapándome
en un círculo de sombras
pasadas...

Miedo profundo y perenne
el que esta noche
viene a visitarme
en los oscuros salones
del sueño.

Sensaciones Oblicuas

Sensaciones oblicuas
Insertas en un alma geométrica
De líneas perfectas
Y amores circulares...
Amores que en el pentágono
De la vida se separan, se desarman
Por miedo a que triángulos crueles
Los maten sin piedad.
Haber amado tanto, como yo amé,
Es salirse del cuadrado de lo cotidiano
Es haber participado de la experiencia
Insaciable de llenar el cielo
Con lágrimas y sonrisas...
Rodear el borde de lo profundo
Y robarle una estrella sencilla
A un rombo de astros sagrado
Es algo parecido a lo que yo he amado.
Siempre una gota de dolor
Empañando esa felicidad continua
De amar, y esa gota que decanta
Sobre el universo de los amantes
Para después convertirse en un recorte
De papel
En un signo de poesía, que tal vez
Nadie leerá.

Hoy tengo el alma gastada
Por las idas y las vueltas
Por lo que di y lo que perdí,
Por lo que me ofrecieron y no supe
Cobijar,
Por sentirme de alguien y nunca serlo
Por saberme deseada y amada
En un momento
Y abandonada y dulce y triste
Al mismo tiempo
Cuando el sol se aleja
Y mi amor se marcha...
Dejando aureolas de recuerdos
Sobre la mañana húmeda
Y transparente.
Cantos de esperanzas
Que después suenan
Hermosos sobre la faz
De mi corazón amoroso
Y altivo como pájaro
En vuelo alto
Y planeo directo.
Sensaciones oblicuas
Las que hoy me despiertan
Y atraviesan sin cansancio
La sin forma  de mi alma...

Como un puñal


Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal cuando la abrazabas a tu pecho, mi corazón no dejaba de latir y mi amor crecía dulce y celoso sobre los ojos que se asombraban una y otra vez cuando ella con sus manos, tu cara acariciaba. Estabamos los tres sentados en aquella mesa a punto de cenar, el mismo lugar, aproximadamente  a la misma hora, dónde hacia solo un mes atrás nosotros dos brindábamos y cenábamos con las miradas unidas y las manos tomadas demoradas sobre el mantel de la mesa. Que abismo cruel se tejió entre nuestras vidas la noche pasada, cuando intentando callar mi desesperación, viste en mis ojos asomar una lágrima, que no dejé correr por mi mejilla, por temor a mi pudor y a mi orgullo de mujer. Cerraste en tu mirada la puerta, por donde yo solía entrar y salir, deslizándome en tu sentir, caminando en tu interior, secando tus lágrimas por dentro, mimando cada huella triste que en la bahía de tus ojos se mecía. Tu indiferencia fingida ardía en las palabras que pronunciaba tu boca, callando con ironía los sueños de mi alma tibia. Volvimos a vernos, unos días después, mientras mis ojos doloridos, se lastimaban momento a  momento cuando tus labios a los suyos, acudían, con la audacia de un beso lento y atisbado de cierta melancolía ( en pocos días ella se marcharía). 

Durante lo que duró la noche, tus ojos, tan solo una vez, se acercaron a mi mirada para encontrar una complicidad, que extendida sobre este tiempo, parecía perdida. Pero ese momento, no alcanzó para arrojar las tristezas, que habían crecido en mi pecho, como flores de hielo, derritiéndose en pétalos de agonía. Abrazados, susurrantes, tan amantes, se los veía, que yo, abandonada en mi romance imaginario, me sentía alejada de tu vida, en soledad, indignada con mi propia máscara de amiga, ocultando un amor que me recorre el cuerpo desde el primer día que te conocí, hace cinco años atrás.  

Nunca te había visto enamorado de una mujer, hasta que ella llegó... ahora no quedan excusas, que me permitan no cambiar el papel en el escenario de tus días, ahora sé que tu corazón ha de pertenecerle con fuerza y pasión. Entonces, para que luchar por un hombre, que nunca me podrá amar, que sentido tendría, entregar todas las luces y colores de mi alma, por un ser que nunca se iluminará entre mis brazos... que jamás se derrumbará en las sombras de mi cuerpo, dejando caricias insistentes sobre mi piel.  Entonces, si todo lo que pude hacer por ti, lo ofrecí, si todo lo que te pude amar, te amé, que más podría intentar, para que te quedes en mí...


Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal cuando la abrazabas a tu pecho, pero eso tan sólo fue, una lágrima, que duró un instante y que el viento ya quitó de mi, solo espero que el olvido se abra en mi corazón, para finalmente arrojarte de él y nunca más mirarte con amor y profundo dolor.-

Historia de Lunas


Tantas lunas pasaron, tantas estrellas me vieron llorar y aquella promesa  que hoy el viento la regresa a mi... el sol me duele en los ojos porque ha traído a mi memoria la luz hermosa de tus besos... tan esperados como el primer día, el primer día que mi corazón enredó sus latidos en el espejo de tu ser. Encerrada en mi propia contradicción caminé los espinados senderos que me acercarían a ti. Lluvias que se desgarraban en el alma antes de dormir, eran caricias del propio fuego que llevaba por dentro para poder seguir. Y te amé sin tregua, con recuerdo, en silencio, abrigada en mi provocante hendidura,  arrastrando a mi espíritu inconsciente a un puerto amoroso, de pocas palabras. Fuiste mío, aunque otras habrán dicho tantas veces lo mismo. Ellas habrán atado tu cuerpo a sus piernas y se habrán extenuado en la belleza misma de tu piel llena de osadía. Pero cuántas pudieron ver o encontrar o descubrir el amanecer y la noche en tus ojos de bosque engarzado, abriendo vientos de aclamación, o aire contenido tratando de no morir, o lágrimas fugaces distrayendo la atención de tu mirada escurridiza. Ellas no pudieron hundir sus impulsos y sus instintos en tu alma y entrar en ella para llegar hasta lo más terrible y bello que hay en ti. Porque lo que en ti asusta, también seduce, lo que resplandece detrás de esa voz formada y empotrada en corrientes de intelectualidad, no es más que una débil capa, que devela carne tierna, alma inocente, temblores continuos, música de dolores agudos y frágiles huellas de un niño arrebatado por el mal humor. Ellas las que pudieron dormirse en la cavidad de tu pecho, no se atrevieron al desafío de amarte, es más fácil abondonarse a la ilusión del deseo, que arriesgarse al filoso borde que nos separa de la muerte, cuando nos enamoramos.

Algunas se conformaron con compartir tus mismas sábanas, o caminar tomadas de tu mano, alimentando la esperanza de vivir un romance apasionado. Otras inquietaron lo más íntimo de tus fibras masculinas y aceleraron tu hambre de hombre mordiendo tus labios, como fieras salvajes, entregadas a la lujuria permitida por los límites de sus sentidos. Pero cuántas fueron capaces de entregarse con el alma hacia fuera, hacia el exterior de su propio cuerpo, con su cuerpo despojado de miedos y restricciones, con la mirada abundante de cielo, con caricias que duelen por haber estado durante tanto tiempo encerradas en el rincón de las manos... Dime cuántas te amaron, mientras te amaban o las amabas, no importa la diferencia  si en esos momentos, todos somos uno y dos no son más que una parte de esa maravillosa experiencia del dulce encuentro.

 Lunas, tantas, las que me vieron guardarte en mí, celosamente, como si me pertenecieras desde siempre, naciendo y creciendo dentro de mi ser, a cada momento, urgentemente, protegiendo las paredes de tu vida, para que no se conviertan en inalcanzables piedras de soledad y vacío. Allí estoy, otra vez, donde me quieras encontrar, me volverás a ver. No importa cuánto te amé, eso lo saben las estrellas tuyas y tus grandes silencios... preguntarás porqué se terminó y te contestará el ángel del mar, que el amor nunca tiene fin, solo se acomoda, se guarda en otros infinitos, en otros cielos, asciende, se arrastra, se oculta, pero nunca muere. Allí estará en los dolores que el sol me trae cuando la mañana abre sus alas y canta triste el pájaro gris, pálido y gris en el retoño frío de una transparente ventana.


Cuento: La medalla de San Benito



Son las 7 de la mañana y Martín desayuna un café negro con una medialuna de grasa, tibia y crujiente. Revuelve en forma circular hacia un lado y hacia el otro su café. Mira a través de la ventana espejada del piso 25 del Edificio Madero Office Center. Sus ojos se detienen, casi ausentes, en el río.  Piensa, insiste, suspira, no comprende, no comprende. Se pregunta y se responde en forma continuada: “¿Por qué justo van a cerrar el comedor? ¿Qué va a pasar con Andrés?”
                                                                 
                                                              ________

-¡Acá viene Martincho! ¿Qué haces loco? ¿Por qué no vas a venir esta noche?
- Ya les dije, ¡no me interesa!
- Dale, dale Martincito…vos podes. Nosotros hacemos de campana y vos te llevas lo primero que encontras en lo del viejo Osvaldo.
-No insistan, ¡no quiero!
- Desde que te ves con ese cura, estás hecho un gil. Vaya a saber que te metió en la cabeza.

________

Martín no dejaba de interrogarse por el destino de Andrés: “¿Qué voy hacer con Andrés? Yo le di mi palabra, no va a entender. Se va a sentir defraudado. Yo puedo hacer algo, debo hacer algo. Voy a hablar con Soledad, ella me va a ayudar” – pensó.
- Buenos días Martín.
-Buenos días Gerardo.
- ¿Ya le informaron lo del comedor, no?
-Sí, me entristece. Era algo bueno lo que hacíamos. ¿No hubo forma de… - y antes que terminase con su pregunta, su jefe lo interrumpió -  No, ninguna, las órdenes fueron claras, recortar todo gasto que no sea imprescindible y el comedor no lo es.
Esas palabras dichas ligeramente, se agolpaban en la garganta de Martín, entremezcladas con el café negro que ahora le raspaba y le provocaba un calor insoportable en su cuello.
-Comprendo Gerardo, solo que hay muchos chicos que se van a perjudicar.
-Martín nosotros no estamos para salvar al mundo. Esos chicos están condenados. No tienen vuelta atrás, seguramente sabremos de ellos en los diarios de los próximos años, porque se transformarán en rateros, asesinos, violadores, usted ya sabe, no hace falta que le explique. Cambiando de tema, necesito la minuta de la reunión de ayer para el mediodía. Gracias.

________

-Hola Padre ¿Cómo está?
-Qué sorpresa Martincito, qué alegría me da verte ¿Cómo anduvo hoy el trabajo con los diarios?
-Bien, bien
-¿Te ves raro? ¿Problemas en la escuela?
-No, no. Voy mejor que antes, me saqué un siete en la prueba de verbos.
- Muy bien, te felicito. Entonces ¿por qué esa mirada cabizbaja?
-Otra vez
-¿Otra vez qué Martín?

________

Eran casi las doce y Martín no podía escribir ni media oración acerca de la reunión con todos los coordinadores de las diferentes áreas del banco. Él, que tenía a su cargo la gestión sobre los procesos de control y calidad llevados a cabo por cada uno de los departamentos, quería por un momento aquietar su mente, separarla de su cuerpo y encontrar una respuesta, algo tranquilizador. En definitiva ¿por qué tanto interés y preocupación por Andrés? – se cuestionaba. 

Andrés era parte de su corazón, se había adherido a su alma, desde que lo conoció ese domingo en el comedor de San Telmo. Nunca olvidó que fue el único de los niños que al verlo entrar lo miro y le sonrió. Una sonrisa que se dibujaba precisa de un punto al otro punto de la boca, de manera franca y con un hoyuelo pequeño en su mejilla derecha. Andrés tenía seis años, hablaba muy poco y su melena era castaña y revoltosa. Sus ojos grandes, eran una mezcla de girasol y castañas.
Martín se sentó ese primer día a su lado y le dijo: - Este es un lugar al que podrás venir siempre, y no solo para comer cosas ricas, sino para jugar, pintar y hacerte amigos –
Andrés lo abrazó y soltó una lágrima. Martín sólo pudo contenerlo e instintivamente tocó con el pulgar de su dedo izquierdo la medalla de San Benito que le había obsequiado a sus once años el Padre Luis.

________

-El Colo y Pablo, quieren que salga con ellos. Ya sabe, padre.
-¿A robar? ¿Eso quieren?
-Si – contestó con pudor Martín.
-¿Y vos que pensas?
-Que… está mal.
-Entonces si ya sabes que está mal, ¿Qué te entristece?
-Que si yo saliera con ellos, aunque sea una vez, podría ayudar a mi mamá y a mi papá.
-¿Ayudarlos, robando?
-Tampoco, es para decir así…
-¿Y cómo debería decirlo? ¡Voy a tomar algo prestado de otros!
-Nos están por desalojar de la habitación, padre. Mamá llora y la plata por la venta de los diarios solo alcanza para la comida. ¿Me entiende padre?

________

-Mi amor ¿me llamaste?- preguntó Soledad a Martín.
-Si gorda, estoy mal, cerraron el comedor. ¿Qué vamos a hacer con Andrés? Había avanzado mucho en estos últimos años. Yo le prometí ¿te acordas? Ahora va a volver a la calle. Yo no quiero. Estoy angustiado.
.-Tranquilo, si queres esta noche lo hablamos en casa ¿te parece?
No puedo trabajar! Gerardo solo se preocupa por informes y minutas. ¿Podes creer que ni se inmutó con el cierre del comedor? ¿Tan frío se puede ser? Y yo que creí en los valores de esta empresa, pensando que había una mirada solidaria sincera, un deseo permanente de ayudar, de revertir, de transformar y es todo una gran farsa, un revestimiento llamado Responsabilidad Social Empresaria. Ya está,  nos llevamos el premio por los valores éticos y morales, aumentamos la reputación y notoriedad y ahora el comedor pasa a ser un descartable, algo que – según Gerardo – no es imprescindible.
-Sabíamos que podía pasar esto. Era una posibilidad- le respondió su novia.
-Yo lo único que admito que pase en la vida de una persona es la “posibilidad”, es la “oportunidad”. Eso que tuve yo. Vos sabes.
-Hablamos en casa amor, no te angusties. Beso. Te amo.-
-Chau hermosa. Apenas termino voy para casa. Te amo- se despidió Martín, que nada lo calmaba, ni siquiera la conversación con su novia desde hace 8 años. Su concubina, en realidad. Martín y Soledad eran convivientes, marido y mujer de hecho, pero esas categorías las detestaban, así que preferían presentarse como novios, sentían que ese término encerraba el concepto de frescura, libertad y amor sincero. No tenían hijos, no podían tener hijos. Habían hecho varios tratamientos y ninguno tuvo los resultados esperados. Al principio se habían desesperado, estaban tensionados, casi al punto del reproche, pero el amor entre ellos estaba sostenido principalmente en el pilar de la empatía, del entendimiento, de la contención.

________

-¿Y por qué en vez de pensar en robar, no ayudas a vender más diarios a tu padre? ¿O aprendes a tallar plata, como lo hace tu madre y ofreces esas joyas artesanales tan preciosas? sugirió el Padre Luis
-Es que ahora no tiene mucho tiempo, mi hermanita tiene un año y medio apenas, y se ha enfermado bastante. Es asmática ¿no sé si le conté?
-Sí, sí. Además, la vi a tu madre el otro día en la salita, esperando que la atendiera el doctor ¿Y ahora está mejor Jazmín?
-Sí, ¡pero si vamos a la calle, en este invierno, se va a enfermar! Yo no quiero que se muera mi hermanita- dijo con voz entrecortada y suave Martín.
-Nada de eso va a suceder, yo te lo prometo – afirmó mirándolo con ternura, el padre Luis.
- ¿Y eso cómo me lo puede asegurar?
- ¿Crees en Dios?
-A veces sí, a veces no. Ahora estoy enojado con él – por ejemplo.
- ¿Sabías que cuando nos enojamos con Dios, él nos quiere igual, nos cuida?
-No estoy tan seguro, Padre.

________

-¿En serio lo harías? – le pregunta Martín  emocionado a Soledad.
-Yo también lo quiero – responde sin titubear su novia.
-Pero antes me habías dicho que no, que era complicado, que nos cambiaría nuestra vida-aclaró Martín.
-El antes y el futuro, no existen. Esto es ahora, el presente, lo que decimos, decidimos y hacemos.
Ante estas palabras Martín abraza en forma envolvente a Soledad, le besa suavemente la mejilla. Ella sonríe. Él no puede creer lo que acaba de escuchar. De pronto su preocupación sobre Andrés se deshace, se esfuma, se desarticula.

________

-Hagamos un trato, como diría el querido Benedetti
-¿El poeta uruguayo que usted me enseño, Padre?
-¡Exacto! Tenes una excelente memoria.
-Voy a regalarte algo muy preciado por mí, pero prometeme que lo llevaras siempre, que pase lo que pase nunca te desprenderás de él, con lluvia, con sol, en el barro, en el cemento, cuando crezcas y te conviertas en ese gran hombre que vas a ser.
-¿Qué es Padre?
-La medalla de San Benito ¿La conoces?- interrogó el Padre Luis.
-Mmmm, creo que no
-Es protectora de todo mal, de todo demonio, de toda tentación. Esos muchachos quieren tentarte a pecar, incitarte a que hagas algo de lo que te arrepentirás porque tu corazón tiene luz. Estas hecho para hacer el bien. Así que cada vez que pienses que algo malo puede suceder, que algo no está bien, que alguien quiere quebrar tu fuerza de voluntad, toca con tu dedo pulgar la medalla y reza, pide protección para ti y tus seres amados, y te puedo asegurar que no tendrás nada que temer. Tendrás tu oportunidad en esta vida, tu hermana y tus padres también.

________


- Eso es lo que haremos. Me siento feliz, será nuestra oportunidad, nuestra posibilidad de ser una gran familia. Lo adoptaremos Sole, ¡Andrés será nuestro hijo! - es lo que gritaba Martín, extasiado, pleno,  sin dejar de abrazar a Soledad  y tocando con su pulgar la medalla de San Benito.

Cuento: "Linda, la gordita"

Se miró al espejo. Una arruga en el entrecejo le advirtió que ya no tenía veintipico. Hacía tiempo que mirarse una y otra vez, por la mañana y en la noche, se había convertido en su tarea preferida,  era un instante dónde deseaba encontrarse con esa de los ventipico.
Rimel. Rubor. Labial. Perfume. Casi como un guión diario seguía los pasos sin saltearse ninguno. Nada era suficiente. Se alejaba rápido de esa imagen que le devolvía el espejo. No lloraba, pero por dentro tenía un demonio que no dejaba de colgarse de sus palabras, y le arrancaba quejidos, sin saber cómo aquietarlo.

Al salir a la calle, quería volverse, y en su trabajo no podía concentrarse. Comerse un chocolate a escondidas, era su pecado más sabroso. Pero luego, se odiaba. Se preguntaba en voz baja: ¿Qué estás haciendo Andrea?
No almorzó. Utilizó esa hora para salir a caminar. La calle Florida le parecía homogénea, densa y arrebatada. Era mejor caminar, que pensar. Era mejor caminar, que pararse en esa galería y contemplarse en el espejo. Si caía en la tentación de hacerlo, se encendería aún más el demonio que llevaba con ella. Sus tobillos ya no eran tan estilizados. Su cabello se había vuelto frágil y fino. Y sus caderas ya no encajaban en el talle 38. En ese momento la cara de sus tres hijos le dibujó una sonrisa ligera y dulce. Se detuvo en el kiosco de revistas y mientras en su mente se escuchaba: “Hago lo que puedo. Trabajo. Estudio. Tengo una familia. La prioridad son mis hijos” sus ojos se detuvieron en una de esas revistas magazine que le ofrecían la fotografía de una mujer de su misma edad, actriz, famosa y madre de su segunda hija. Aunque quería convencerse de que las “celebrities” podían estar así de “espléndidas” por el tipo de vida que llevan su argumento no la convencía.

Empezó a desesperar.

Siguió caminando. Hacía mucho calor. Quería quitarse el abrigo, pero si lo hacía, sentía que “todos” observarían sus hombros caídos y sus brazos poco tonificados. No quería escuchar lo mismo que en la primavera anterior cuando un hombre que pasaba a su lado le dijo:- “Linda, la gordita”-. La gordita tapaba a la linda. Así vivía, escondiéndose, comparándose. Quería ser la de los veintipico, la de los tobillos estilizados, las caderas estrechas, el cabello ondulado y salvaje que le llegaba hasta la cintura, y los pechos soberbios, que armónicamente se amoldaban en su camisa blanca de jersey.

Entró a un café, el calor se había alojado en sus mejillas. Pidió una seven-up light con mucho limón y hielo. - ¿Quiere algo para comer? – preguntó amablemente el mozo. –¡No, no quiero comer nada! ¿Es que no se puede pedir solo algo para tomar?- le respondió Andrea impestivamente y enojada. El mozo no comprendía porqué se había sentido ofendida. Nunca lo comprendería. Comer, era igual, para ella, que ingerir calorías, y alojarlas en forma de kilos en el contorno de su cintura, y en los muslos de sus piernas. Subió rápidamente al primer piso y entro enloquecida al toilette. Volvió a mirarse. Estaba desencajada. El rímel se le había corrido, casi no había rubor. Las ojeras no habían sobrevivido al corrector. El cabello, se le había pegoteado al cuero cabelludo del sudor y la bronca. Se miró la falda:- ¡parezco una calesita de flores! ¿Cómo pude haber salido así a la calle?-

Quiso retocarse la cara y los nervios no la dejaban abrir el bolsito dónde guardaba todo su maquillaje de auxilio. Jamás salía a la calle sino llevaba el bolsito de pinturas, el cepillo del pelo y el perfume. Era los tres imponderables. Salir sin ellos, la hacía verse desnuda. Miró el reloj, en quince minutos debía volver a la clínica. No podía volver en ese estado. Recordó que ni siquiera había podido tomar la gaseosa que se había pedido. Dos lágrimas quisieron tomar forma en el punto inferior de sus ojos, pero tomó una bocanada de aire y pidió a ella misma calmarse. Se arregló de la mejor forma que sentía que podía hacerlo, pero no sabía bien como acomodar su cabello. Al final decidió tomarse un poco de cabello hacia el lado derecho y sujetarlo con esa horquilla, que casi ni se veía.

Así como ella, quería convertirse en invisible.

Le pagó al mozo y se fue apurada sin beber nada. La sed la trastocaba, pero ya había perdido demasiado tiempo. Sus pensamientos la habían amordazado y en el último tiempo se habían apoderado de ella, sin que hubiese una forma de atarlos, o quizás de desatarlos. Recordó que esa mañana su marido había querido hacer el amor con ella, pero le fastidiaba que en los últimos encuentros él prefería hacerlo con la luz apagada. Entonces ella, aceptaba, pero por dentro estallaban los demonios y se reían satánicamente y le gritaban al unísono:- “ya no le gustas” “por eso prefiere no verte”- Y entonces el encuentro se parecía más a una tortura, que a un juego del amor.  Se parecía más al sonido estridente que le golpeaba la cabeza, que a una melodía dulce que la atrapase. Pablo, no lo sabía. Tan solo podía percibir que algo le molestaba, pero cuando le preguntaba a Andrea si había algo que él estaba haciendo mal, ella le respondía sistemáticamente que solo estaba sensible y que era un problema de ella, que él no tenía nada que ver.

Si apuraba sus pasos en la última cuadra, llegaría a tiempo. - Solo un poco más de esfuerzo- pensaba.

La puntualidad y su buena organización en el trabajo, eran las claves de su desempeño. Por eso trabajaba con el Dr. Alonso desde hacía doce años y como él mismo decía: - “Tengo la mejor secretaria a la que podría aspirar. Es impecable, equilibrada, con buenos modales, inteligente y sobre todo conoce a mis pacientes. Sin ella, no podría hacer un buen trabajo”-

Andrea llegó a la Clínica, colgó su cartera y su abrigo en el perchero. Se dio la vuelta a la recepción porque a las catorce horas en punto llegaba una nueva paciente y ella era la primera en recibirla y en hacerle la ficha médica. En esta oportunidad la consulta con el Dr. Alonso era para realizarse una lipoaspiración y gluteoplastía.

Esta vez Andrea no podía recibirla. Se sentía acorralada. Doce años de su vida prestando su atención y su compasión a otras mujeres, a otros ojos, a otros cuerpos. Era demasiado. Todo eso se le había vuelto en contra.
-       Perdón, Dr. Alonso, pero tengo que retirarme. No me siento bien. Creo que estoy muy estresada.
-     No se haga problema, querida Andrea. Usted siempre tan cumplidora. Descanse y la espero mañana.
-   Gracias doctor. Hasta mañana.

Salió a la calle y volvió a respirar.


Vanesa Spinelli