Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal
cuando la abrazabas a tu pecho, mi corazón no dejaba de latir y mi amor crecía
dulce y celoso sobre los ojos que se asombraban una y otra vez cuando ella con
sus manos, tu cara acariciaba. Estabamos los tres sentados en aquella mesa a
punto de cenar, el mismo lugar, aproximadamente
a la misma hora, dónde hacia solo un mes atrás nosotros dos brindábamos
y cenábamos con las miradas unidas y las manos tomadas demoradas sobre el
mantel de la mesa. Que abismo cruel se tejió entre nuestras vidas la noche
pasada, cuando intentando callar mi desesperación, viste en mis ojos asomar una
lágrima, que no dejé correr por mi mejilla, por temor a mi pudor y a mi orgullo
de mujer. Cerraste en tu mirada la puerta, por donde yo solía entrar y salir,
deslizándome en tu sentir, caminando en tu interior, secando tus lágrimas por
dentro, mimando cada huella triste que en la bahía de tus ojos se mecía. Tu
indiferencia fingida ardía en las palabras que pronunciaba tu boca, callando
con ironía los sueños de mi alma tibia. Volvimos a vernos, unos días después,
mientras mis ojos doloridos, se lastimaban momento a momento cuando tus labios a los suyos,
acudían, con la audacia de un beso lento y atisbado de cierta melancolía ( en
pocos días ella se marcharía).
Durante lo que duró la noche, tus ojos, tan solo
una vez, se acercaron a mi mirada para encontrar una complicidad, que extendida
sobre este tiempo, parecía perdida. Pero ese momento, no alcanzó para arrojar
las tristezas, que habían crecido en mi pecho, como flores de hielo,
derritiéndose en pétalos de agonía. Abrazados, susurrantes, tan amantes, se los
veía, que yo, abandonada en mi romance imaginario, me sentía alejada de tu
vida, en soledad, indignada con mi propia máscara de amiga, ocultando un amor
que me recorre el cuerpo desde el primer día que te conocí, hace cinco años
atrás.
Nunca te había visto enamorado de
una mujer, hasta que ella llegó... ahora no quedan excusas, que me permitan no
cambiar el papel en el escenario de tus días, ahora sé que tu corazón ha de
pertenecerle con fuerza y pasión. Entonces, para que luchar por un hombre, que
nunca me podrá amar, que sentido tendría, entregar todas las luces y colores de
mi alma, por un ser que nunca se iluminará entre mis brazos... que jamás se
derrumbará en las sombras de mi cuerpo, dejando caricias insistentes sobre mi
piel. Entonces, si todo lo que pude
hacer por ti, lo ofrecí, si todo lo que te pude amar, te amé, que más podría
intentar, para que te quedes en mí...
Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal
cuando la abrazabas a tu pecho, pero eso tan sólo fue, una lágrima, que duró un
instante y que el viento ya quitó de mi, solo espero que el olvido se abra en
mi corazón, para finalmente arrojarte de él y nunca más mirarte con amor y
profundo dolor.-
No hay comentarios:
Publicar un comentario