El sueño de la escritura

El sueño de la escritura

lunes, 23 de marzo de 2015

El beso del ángel


Un susurro
De jazmín
Condensado en el aire.
Un latir a punto
De estallar...
Estrellas ocultas
Detrás de la luna
Y miel en su boca.
Suave presión
Con sus labios
Y el cielo en sus manos
Su alma en ese instante
Ascendió dulce
En una armónica
Melodía.
Después el encanto
Desapareció.
Ella preguntó:
¿Qué ha pasado?
Y alguien respondió:
"El ángel te ha besado".


Miedo

Frío, intermitente,
se acurruca el miedo
entre mi alma serena.

Miedo de perder
hasta  lo que no tengo
y ver derramado mis
esfuerzos
en un final previsible.

Doloroso, el miedo
se acomoda entre mis manos
mientras tiemblo
pensando en una soledad
que me abrazará
si las verdades se encadenan
en una mesa de antiguos
rencores y promesas falsas.

Miedo que me abruma
y no me dejar sentir
atrapándome
en un círculo de sombras
pasadas...

Miedo profundo y perenne
el que esta noche
viene a visitarme
en los oscuros salones
del sueño.

Sensaciones Oblicuas

Sensaciones oblicuas
Insertas en un alma geométrica
De líneas perfectas
Y amores circulares...
Amores que en el pentágono
De la vida se separan, se desarman
Por miedo a que triángulos crueles
Los maten sin piedad.
Haber amado tanto, como yo amé,
Es salirse del cuadrado de lo cotidiano
Es haber participado de la experiencia
Insaciable de llenar el cielo
Con lágrimas y sonrisas...
Rodear el borde de lo profundo
Y robarle una estrella sencilla
A un rombo de astros sagrado
Es algo parecido a lo que yo he amado.
Siempre una gota de dolor
Empañando esa felicidad continua
De amar, y esa gota que decanta
Sobre el universo de los amantes
Para después convertirse en un recorte
De papel
En un signo de poesía, que tal vez
Nadie leerá.

Hoy tengo el alma gastada
Por las idas y las vueltas
Por lo que di y lo que perdí,
Por lo que me ofrecieron y no supe
Cobijar,
Por sentirme de alguien y nunca serlo
Por saberme deseada y amada
En un momento
Y abandonada y dulce y triste
Al mismo tiempo
Cuando el sol se aleja
Y mi amor se marcha...
Dejando aureolas de recuerdos
Sobre la mañana húmeda
Y transparente.
Cantos de esperanzas
Que después suenan
Hermosos sobre la faz
De mi corazón amoroso
Y altivo como pájaro
En vuelo alto
Y planeo directo.
Sensaciones oblicuas
Las que hoy me despiertan
Y atraviesan sin cansancio
La sin forma  de mi alma...

Como un puñal


Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal cuando la abrazabas a tu pecho, mi corazón no dejaba de latir y mi amor crecía dulce y celoso sobre los ojos que se asombraban una y otra vez cuando ella con sus manos, tu cara acariciaba. Estabamos los tres sentados en aquella mesa a punto de cenar, el mismo lugar, aproximadamente  a la misma hora, dónde hacia solo un mes atrás nosotros dos brindábamos y cenábamos con las miradas unidas y las manos tomadas demoradas sobre el mantel de la mesa. Que abismo cruel se tejió entre nuestras vidas la noche pasada, cuando intentando callar mi desesperación, viste en mis ojos asomar una lágrima, que no dejé correr por mi mejilla, por temor a mi pudor y a mi orgullo de mujer. Cerraste en tu mirada la puerta, por donde yo solía entrar y salir, deslizándome en tu sentir, caminando en tu interior, secando tus lágrimas por dentro, mimando cada huella triste que en la bahía de tus ojos se mecía. Tu indiferencia fingida ardía en las palabras que pronunciaba tu boca, callando con ironía los sueños de mi alma tibia. Volvimos a vernos, unos días después, mientras mis ojos doloridos, se lastimaban momento a  momento cuando tus labios a los suyos, acudían, con la audacia de un beso lento y atisbado de cierta melancolía ( en pocos días ella se marcharía). 

Durante lo que duró la noche, tus ojos, tan solo una vez, se acercaron a mi mirada para encontrar una complicidad, que extendida sobre este tiempo, parecía perdida. Pero ese momento, no alcanzó para arrojar las tristezas, que habían crecido en mi pecho, como flores de hielo, derritiéndose en pétalos de agonía. Abrazados, susurrantes, tan amantes, se los veía, que yo, abandonada en mi romance imaginario, me sentía alejada de tu vida, en soledad, indignada con mi propia máscara de amiga, ocultando un amor que me recorre el cuerpo desde el primer día que te conocí, hace cinco años atrás.  

Nunca te había visto enamorado de una mujer, hasta que ella llegó... ahora no quedan excusas, que me permitan no cambiar el papel en el escenario de tus días, ahora sé que tu corazón ha de pertenecerle con fuerza y pasión. Entonces, para que luchar por un hombre, que nunca me podrá amar, que sentido tendría, entregar todas las luces y colores de mi alma, por un ser que nunca se iluminará entre mis brazos... que jamás se derrumbará en las sombras de mi cuerpo, dejando caricias insistentes sobre mi piel.  Entonces, si todo lo que pude hacer por ti, lo ofrecí, si todo lo que te pude amar, te amé, que más podría intentar, para que te quedes en mí...


Creí que el cielo se hundiría en mi alma como un puñal cuando la abrazabas a tu pecho, pero eso tan sólo fue, una lágrima, que duró un instante y que el viento ya quitó de mi, solo espero que el olvido se abra en mi corazón, para finalmente arrojarte de él y nunca más mirarte con amor y profundo dolor.-

Historia de Lunas


Tantas lunas pasaron, tantas estrellas me vieron llorar y aquella promesa  que hoy el viento la regresa a mi... el sol me duele en los ojos porque ha traído a mi memoria la luz hermosa de tus besos... tan esperados como el primer día, el primer día que mi corazón enredó sus latidos en el espejo de tu ser. Encerrada en mi propia contradicción caminé los espinados senderos que me acercarían a ti. Lluvias que se desgarraban en el alma antes de dormir, eran caricias del propio fuego que llevaba por dentro para poder seguir. Y te amé sin tregua, con recuerdo, en silencio, abrigada en mi provocante hendidura,  arrastrando a mi espíritu inconsciente a un puerto amoroso, de pocas palabras. Fuiste mío, aunque otras habrán dicho tantas veces lo mismo. Ellas habrán atado tu cuerpo a sus piernas y se habrán extenuado en la belleza misma de tu piel llena de osadía. Pero cuántas pudieron ver o encontrar o descubrir el amanecer y la noche en tus ojos de bosque engarzado, abriendo vientos de aclamación, o aire contenido tratando de no morir, o lágrimas fugaces distrayendo la atención de tu mirada escurridiza. Ellas no pudieron hundir sus impulsos y sus instintos en tu alma y entrar en ella para llegar hasta lo más terrible y bello que hay en ti. Porque lo que en ti asusta, también seduce, lo que resplandece detrás de esa voz formada y empotrada en corrientes de intelectualidad, no es más que una débil capa, que devela carne tierna, alma inocente, temblores continuos, música de dolores agudos y frágiles huellas de un niño arrebatado por el mal humor. Ellas las que pudieron dormirse en la cavidad de tu pecho, no se atrevieron al desafío de amarte, es más fácil abondonarse a la ilusión del deseo, que arriesgarse al filoso borde que nos separa de la muerte, cuando nos enamoramos.

Algunas se conformaron con compartir tus mismas sábanas, o caminar tomadas de tu mano, alimentando la esperanza de vivir un romance apasionado. Otras inquietaron lo más íntimo de tus fibras masculinas y aceleraron tu hambre de hombre mordiendo tus labios, como fieras salvajes, entregadas a la lujuria permitida por los límites de sus sentidos. Pero cuántas fueron capaces de entregarse con el alma hacia fuera, hacia el exterior de su propio cuerpo, con su cuerpo despojado de miedos y restricciones, con la mirada abundante de cielo, con caricias que duelen por haber estado durante tanto tiempo encerradas en el rincón de las manos... Dime cuántas te amaron, mientras te amaban o las amabas, no importa la diferencia  si en esos momentos, todos somos uno y dos no son más que una parte de esa maravillosa experiencia del dulce encuentro.

 Lunas, tantas, las que me vieron guardarte en mí, celosamente, como si me pertenecieras desde siempre, naciendo y creciendo dentro de mi ser, a cada momento, urgentemente, protegiendo las paredes de tu vida, para que no se conviertan en inalcanzables piedras de soledad y vacío. Allí estoy, otra vez, donde me quieras encontrar, me volverás a ver. No importa cuánto te amé, eso lo saben las estrellas tuyas y tus grandes silencios... preguntarás porqué se terminó y te contestará el ángel del mar, que el amor nunca tiene fin, solo se acomoda, se guarda en otros infinitos, en otros cielos, asciende, se arrastra, se oculta, pero nunca muere. Allí estará en los dolores que el sol me trae cuando la mañana abre sus alas y canta triste el pájaro gris, pálido y gris en el retoño frío de una transparente ventana.


Cuento: La medalla de San Benito



Son las 7 de la mañana y Martín desayuna un café negro con una medialuna de grasa, tibia y crujiente. Revuelve en forma circular hacia un lado y hacia el otro su café. Mira a través de la ventana espejada del piso 25 del Edificio Madero Office Center. Sus ojos se detienen, casi ausentes, en el río.  Piensa, insiste, suspira, no comprende, no comprende. Se pregunta y se responde en forma continuada: “¿Por qué justo van a cerrar el comedor? ¿Qué va a pasar con Andrés?”
                                                                 
                                                              ________

-¡Acá viene Martincho! ¿Qué haces loco? ¿Por qué no vas a venir esta noche?
- Ya les dije, ¡no me interesa!
- Dale, dale Martincito…vos podes. Nosotros hacemos de campana y vos te llevas lo primero que encontras en lo del viejo Osvaldo.
-No insistan, ¡no quiero!
- Desde que te ves con ese cura, estás hecho un gil. Vaya a saber que te metió en la cabeza.

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Martín no dejaba de interrogarse por el destino de Andrés: “¿Qué voy hacer con Andrés? Yo le di mi palabra, no va a entender. Se va a sentir defraudado. Yo puedo hacer algo, debo hacer algo. Voy a hablar con Soledad, ella me va a ayudar” – pensó.
- Buenos días Martín.
-Buenos días Gerardo.
- ¿Ya le informaron lo del comedor, no?
-Sí, me entristece. Era algo bueno lo que hacíamos. ¿No hubo forma de… - y antes que terminase con su pregunta, su jefe lo interrumpió -  No, ninguna, las órdenes fueron claras, recortar todo gasto que no sea imprescindible y el comedor no lo es.
Esas palabras dichas ligeramente, se agolpaban en la garganta de Martín, entremezcladas con el café negro que ahora le raspaba y le provocaba un calor insoportable en su cuello.
-Comprendo Gerardo, solo que hay muchos chicos que se van a perjudicar.
-Martín nosotros no estamos para salvar al mundo. Esos chicos están condenados. No tienen vuelta atrás, seguramente sabremos de ellos en los diarios de los próximos años, porque se transformarán en rateros, asesinos, violadores, usted ya sabe, no hace falta que le explique. Cambiando de tema, necesito la minuta de la reunión de ayer para el mediodía. Gracias.

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-Hola Padre ¿Cómo está?
-Qué sorpresa Martincito, qué alegría me da verte ¿Cómo anduvo hoy el trabajo con los diarios?
-Bien, bien
-¿Te ves raro? ¿Problemas en la escuela?
-No, no. Voy mejor que antes, me saqué un siete en la prueba de verbos.
- Muy bien, te felicito. Entonces ¿por qué esa mirada cabizbaja?
-Otra vez
-¿Otra vez qué Martín?

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Eran casi las doce y Martín no podía escribir ni media oración acerca de la reunión con todos los coordinadores de las diferentes áreas del banco. Él, que tenía a su cargo la gestión sobre los procesos de control y calidad llevados a cabo por cada uno de los departamentos, quería por un momento aquietar su mente, separarla de su cuerpo y encontrar una respuesta, algo tranquilizador. En definitiva ¿por qué tanto interés y preocupación por Andrés? – se cuestionaba. 

Andrés era parte de su corazón, se había adherido a su alma, desde que lo conoció ese domingo en el comedor de San Telmo. Nunca olvidó que fue el único de los niños que al verlo entrar lo miro y le sonrió. Una sonrisa que se dibujaba precisa de un punto al otro punto de la boca, de manera franca y con un hoyuelo pequeño en su mejilla derecha. Andrés tenía seis años, hablaba muy poco y su melena era castaña y revoltosa. Sus ojos grandes, eran una mezcla de girasol y castañas.
Martín se sentó ese primer día a su lado y le dijo: - Este es un lugar al que podrás venir siempre, y no solo para comer cosas ricas, sino para jugar, pintar y hacerte amigos –
Andrés lo abrazó y soltó una lágrima. Martín sólo pudo contenerlo e instintivamente tocó con el pulgar de su dedo izquierdo la medalla de San Benito que le había obsequiado a sus once años el Padre Luis.

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-El Colo y Pablo, quieren que salga con ellos. Ya sabe, padre.
-¿A robar? ¿Eso quieren?
-Si – contestó con pudor Martín.
-¿Y vos que pensas?
-Que… está mal.
-Entonces si ya sabes que está mal, ¿Qué te entristece?
-Que si yo saliera con ellos, aunque sea una vez, podría ayudar a mi mamá y a mi papá.
-¿Ayudarlos, robando?
-Tampoco, es para decir así…
-¿Y cómo debería decirlo? ¡Voy a tomar algo prestado de otros!
-Nos están por desalojar de la habitación, padre. Mamá llora y la plata por la venta de los diarios solo alcanza para la comida. ¿Me entiende padre?

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-Mi amor ¿me llamaste?- preguntó Soledad a Martín.
-Si gorda, estoy mal, cerraron el comedor. ¿Qué vamos a hacer con Andrés? Había avanzado mucho en estos últimos años. Yo le prometí ¿te acordas? Ahora va a volver a la calle. Yo no quiero. Estoy angustiado.
.-Tranquilo, si queres esta noche lo hablamos en casa ¿te parece?
No puedo trabajar! Gerardo solo se preocupa por informes y minutas. ¿Podes creer que ni se inmutó con el cierre del comedor? ¿Tan frío se puede ser? Y yo que creí en los valores de esta empresa, pensando que había una mirada solidaria sincera, un deseo permanente de ayudar, de revertir, de transformar y es todo una gran farsa, un revestimiento llamado Responsabilidad Social Empresaria. Ya está,  nos llevamos el premio por los valores éticos y morales, aumentamos la reputación y notoriedad y ahora el comedor pasa a ser un descartable, algo que – según Gerardo – no es imprescindible.
-Sabíamos que podía pasar esto. Era una posibilidad- le respondió su novia.
-Yo lo único que admito que pase en la vida de una persona es la “posibilidad”, es la “oportunidad”. Eso que tuve yo. Vos sabes.
-Hablamos en casa amor, no te angusties. Beso. Te amo.-
-Chau hermosa. Apenas termino voy para casa. Te amo- se despidió Martín, que nada lo calmaba, ni siquiera la conversación con su novia desde hace 8 años. Su concubina, en realidad. Martín y Soledad eran convivientes, marido y mujer de hecho, pero esas categorías las detestaban, así que preferían presentarse como novios, sentían que ese término encerraba el concepto de frescura, libertad y amor sincero. No tenían hijos, no podían tener hijos. Habían hecho varios tratamientos y ninguno tuvo los resultados esperados. Al principio se habían desesperado, estaban tensionados, casi al punto del reproche, pero el amor entre ellos estaba sostenido principalmente en el pilar de la empatía, del entendimiento, de la contención.

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-¿Y por qué en vez de pensar en robar, no ayudas a vender más diarios a tu padre? ¿O aprendes a tallar plata, como lo hace tu madre y ofreces esas joyas artesanales tan preciosas? sugirió el Padre Luis
-Es que ahora no tiene mucho tiempo, mi hermanita tiene un año y medio apenas, y se ha enfermado bastante. Es asmática ¿no sé si le conté?
-Sí, sí. Además, la vi a tu madre el otro día en la salita, esperando que la atendiera el doctor ¿Y ahora está mejor Jazmín?
-Sí, ¡pero si vamos a la calle, en este invierno, se va a enfermar! Yo no quiero que se muera mi hermanita- dijo con voz entrecortada y suave Martín.
-Nada de eso va a suceder, yo te lo prometo – afirmó mirándolo con ternura, el padre Luis.
- ¿Y eso cómo me lo puede asegurar?
- ¿Crees en Dios?
-A veces sí, a veces no. Ahora estoy enojado con él – por ejemplo.
- ¿Sabías que cuando nos enojamos con Dios, él nos quiere igual, nos cuida?
-No estoy tan seguro, Padre.

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-¿En serio lo harías? – le pregunta Martín  emocionado a Soledad.
-Yo también lo quiero – responde sin titubear su novia.
-Pero antes me habías dicho que no, que era complicado, que nos cambiaría nuestra vida-aclaró Martín.
-El antes y el futuro, no existen. Esto es ahora, el presente, lo que decimos, decidimos y hacemos.
Ante estas palabras Martín abraza en forma envolvente a Soledad, le besa suavemente la mejilla. Ella sonríe. Él no puede creer lo que acaba de escuchar. De pronto su preocupación sobre Andrés se deshace, se esfuma, se desarticula.

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-Hagamos un trato, como diría el querido Benedetti
-¿El poeta uruguayo que usted me enseño, Padre?
-¡Exacto! Tenes una excelente memoria.
-Voy a regalarte algo muy preciado por mí, pero prometeme que lo llevaras siempre, que pase lo que pase nunca te desprenderás de él, con lluvia, con sol, en el barro, en el cemento, cuando crezcas y te conviertas en ese gran hombre que vas a ser.
-¿Qué es Padre?
-La medalla de San Benito ¿La conoces?- interrogó el Padre Luis.
-Mmmm, creo que no
-Es protectora de todo mal, de todo demonio, de toda tentación. Esos muchachos quieren tentarte a pecar, incitarte a que hagas algo de lo que te arrepentirás porque tu corazón tiene luz. Estas hecho para hacer el bien. Así que cada vez que pienses que algo malo puede suceder, que algo no está bien, que alguien quiere quebrar tu fuerza de voluntad, toca con tu dedo pulgar la medalla y reza, pide protección para ti y tus seres amados, y te puedo asegurar que no tendrás nada que temer. Tendrás tu oportunidad en esta vida, tu hermana y tus padres también.

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- Eso es lo que haremos. Me siento feliz, será nuestra oportunidad, nuestra posibilidad de ser una gran familia. Lo adoptaremos Sole, ¡Andrés será nuestro hijo! - es lo que gritaba Martín, extasiado, pleno,  sin dejar de abrazar a Soledad  y tocando con su pulgar la medalla de San Benito.

Cuento: "Linda, la gordita"

Se miró al espejo. Una arruga en el entrecejo le advirtió que ya no tenía veintipico. Hacía tiempo que mirarse una y otra vez, por la mañana y en la noche, se había convertido en su tarea preferida,  era un instante dónde deseaba encontrarse con esa de los ventipico.
Rimel. Rubor. Labial. Perfume. Casi como un guión diario seguía los pasos sin saltearse ninguno. Nada era suficiente. Se alejaba rápido de esa imagen que le devolvía el espejo. No lloraba, pero por dentro tenía un demonio que no dejaba de colgarse de sus palabras, y le arrancaba quejidos, sin saber cómo aquietarlo.

Al salir a la calle, quería volverse, y en su trabajo no podía concentrarse. Comerse un chocolate a escondidas, era su pecado más sabroso. Pero luego, se odiaba. Se preguntaba en voz baja: ¿Qué estás haciendo Andrea?
No almorzó. Utilizó esa hora para salir a caminar. La calle Florida le parecía homogénea, densa y arrebatada. Era mejor caminar, que pensar. Era mejor caminar, que pararse en esa galería y contemplarse en el espejo. Si caía en la tentación de hacerlo, se encendería aún más el demonio que llevaba con ella. Sus tobillos ya no eran tan estilizados. Su cabello se había vuelto frágil y fino. Y sus caderas ya no encajaban en el talle 38. En ese momento la cara de sus tres hijos le dibujó una sonrisa ligera y dulce. Se detuvo en el kiosco de revistas y mientras en su mente se escuchaba: “Hago lo que puedo. Trabajo. Estudio. Tengo una familia. La prioridad son mis hijos” sus ojos se detuvieron en una de esas revistas magazine que le ofrecían la fotografía de una mujer de su misma edad, actriz, famosa y madre de su segunda hija. Aunque quería convencerse de que las “celebrities” podían estar así de “espléndidas” por el tipo de vida que llevan su argumento no la convencía.

Empezó a desesperar.

Siguió caminando. Hacía mucho calor. Quería quitarse el abrigo, pero si lo hacía, sentía que “todos” observarían sus hombros caídos y sus brazos poco tonificados. No quería escuchar lo mismo que en la primavera anterior cuando un hombre que pasaba a su lado le dijo:- “Linda, la gordita”-. La gordita tapaba a la linda. Así vivía, escondiéndose, comparándose. Quería ser la de los veintipico, la de los tobillos estilizados, las caderas estrechas, el cabello ondulado y salvaje que le llegaba hasta la cintura, y los pechos soberbios, que armónicamente se amoldaban en su camisa blanca de jersey.

Entró a un café, el calor se había alojado en sus mejillas. Pidió una seven-up light con mucho limón y hielo. - ¿Quiere algo para comer? – preguntó amablemente el mozo. –¡No, no quiero comer nada! ¿Es que no se puede pedir solo algo para tomar?- le respondió Andrea impestivamente y enojada. El mozo no comprendía porqué se había sentido ofendida. Nunca lo comprendería. Comer, era igual, para ella, que ingerir calorías, y alojarlas en forma de kilos en el contorno de su cintura, y en los muslos de sus piernas. Subió rápidamente al primer piso y entro enloquecida al toilette. Volvió a mirarse. Estaba desencajada. El rímel se le había corrido, casi no había rubor. Las ojeras no habían sobrevivido al corrector. El cabello, se le había pegoteado al cuero cabelludo del sudor y la bronca. Se miró la falda:- ¡parezco una calesita de flores! ¿Cómo pude haber salido así a la calle?-

Quiso retocarse la cara y los nervios no la dejaban abrir el bolsito dónde guardaba todo su maquillaje de auxilio. Jamás salía a la calle sino llevaba el bolsito de pinturas, el cepillo del pelo y el perfume. Era los tres imponderables. Salir sin ellos, la hacía verse desnuda. Miró el reloj, en quince minutos debía volver a la clínica. No podía volver en ese estado. Recordó que ni siquiera había podido tomar la gaseosa que se había pedido. Dos lágrimas quisieron tomar forma en el punto inferior de sus ojos, pero tomó una bocanada de aire y pidió a ella misma calmarse. Se arregló de la mejor forma que sentía que podía hacerlo, pero no sabía bien como acomodar su cabello. Al final decidió tomarse un poco de cabello hacia el lado derecho y sujetarlo con esa horquilla, que casi ni se veía.

Así como ella, quería convertirse en invisible.

Le pagó al mozo y se fue apurada sin beber nada. La sed la trastocaba, pero ya había perdido demasiado tiempo. Sus pensamientos la habían amordazado y en el último tiempo se habían apoderado de ella, sin que hubiese una forma de atarlos, o quizás de desatarlos. Recordó que esa mañana su marido había querido hacer el amor con ella, pero le fastidiaba que en los últimos encuentros él prefería hacerlo con la luz apagada. Entonces ella, aceptaba, pero por dentro estallaban los demonios y se reían satánicamente y le gritaban al unísono:- “ya no le gustas” “por eso prefiere no verte”- Y entonces el encuentro se parecía más a una tortura, que a un juego del amor.  Se parecía más al sonido estridente que le golpeaba la cabeza, que a una melodía dulce que la atrapase. Pablo, no lo sabía. Tan solo podía percibir que algo le molestaba, pero cuando le preguntaba a Andrea si había algo que él estaba haciendo mal, ella le respondía sistemáticamente que solo estaba sensible y que era un problema de ella, que él no tenía nada que ver.

Si apuraba sus pasos en la última cuadra, llegaría a tiempo. - Solo un poco más de esfuerzo- pensaba.

La puntualidad y su buena organización en el trabajo, eran las claves de su desempeño. Por eso trabajaba con el Dr. Alonso desde hacía doce años y como él mismo decía: - “Tengo la mejor secretaria a la que podría aspirar. Es impecable, equilibrada, con buenos modales, inteligente y sobre todo conoce a mis pacientes. Sin ella, no podría hacer un buen trabajo”-

Andrea llegó a la Clínica, colgó su cartera y su abrigo en el perchero. Se dio la vuelta a la recepción porque a las catorce horas en punto llegaba una nueva paciente y ella era la primera en recibirla y en hacerle la ficha médica. En esta oportunidad la consulta con el Dr. Alonso era para realizarse una lipoaspiración y gluteoplastía.

Esta vez Andrea no podía recibirla. Se sentía acorralada. Doce años de su vida prestando su atención y su compasión a otras mujeres, a otros ojos, a otros cuerpos. Era demasiado. Todo eso se le había vuelto en contra.
-       Perdón, Dr. Alonso, pero tengo que retirarme. No me siento bien. Creo que estoy muy estresada.
-     No se haga problema, querida Andrea. Usted siempre tan cumplidora. Descanse y la espero mañana.
-   Gracias doctor. Hasta mañana.

Salió a la calle y volvió a respirar.


Vanesa Spinelli


Cuento: Que te enloquezca

Viernes 8 de Septiembre de 2005

Cuando se fue la odié con el veneno de las palabras, con la vena hinchada, latiendo minuto a minuto, con la mano a punto de golpear la pared o el rostro de ella, con la punzada en el corazón que no me dejaba dormir, pero también la extrañaba como un loco; con los ojos desorbitados, balbuceando entre lágrimas su nombre, apretando firmemente el puño como queriendo retener su dulzura, su forma de quererme. La dejé ir por mi imbecilidad, por mi soberbia. Ella que había movido mi mundo, no supe nunca qué hacer con ella…

-¿Qué estás leyendo amor?

-Estaba revisando unos planos de la casa de Fernández. No sé para qué me metí en ese proyecto, el tipo es complicado y me cambia todo el tiempo la distribución de los espacios. Es un loco enamorado de su idea, pero no sabe cómo llevarla a cabo.

- Está bien, te dejo tranquilo, en un rato ya sirvo la comida. Preparé tu plato preferido: pollo con arroz en salsa de champiñones junto a un vinito de lujo, especial, que compré en la feria gourmet el fin de semana pasado. Aprovechemos  que los chicos no están y cenamos solitos. ¡Acordate, con esta cena te vas a olvidar de todo!
-Gracias hermosa mía, en un rato voy.

Martes 21 de Mayo de 2013

¡Por Dios!, cómo le explico que la vi, que se me saltó el corazón, que estaba preciosa con su falda a media pierna, apenas insinuando su silueta pequeña y delicada, su blusa color perla apenas traslúcida que dejaba asomar una pequeña puntilla, sus bucles dorados, brillosos, revoltosos hasta la cintura y sus ojos avellana que no dejaron de parpadear cuando me la encontré frente a frente. Sólo pudimos abrazarnos, solo pude llorar, solo pudo llorar. Sequé sus lágrimas con mi pañuelo y le pregunté: ¿Por qué lloras? Me sonrió con aquellos labios cereza, que alguna vez besé con fuerza, con autoridad, con desafío y me contestó: por felicidad. Me da felicidad volver a verte, a pesar de todo, a pesar de lo que no pudimos hacer, a pesar de nuestras vidas distantes, a pesar de nuestros sueños borrosos y todo lo que se rompió. Ya te perdoné, soy feliz, estoy en paz. -¿Me comprendés? – me interrogó. La separé de mi cuerpo, casi con rechazo, casi con bronca o con ¿odio?, aquel que una vez me nubló la vista y no me permitió hacer nada por ella, por mí, por nosotros. ¿Qué ocurre? – me preguntó – Yo no respondí. Estaba vacío, las lágrimas salían alborotadas sin poderlas parar. –Es que…yo…yo Abril…esperaba….- ¿Qué esperabas Santiago, qué esperabas que pasara si nos volvíamos a encontrar después de tanto tiempo?

-Santi, mi amor, la comida está en la mesa.

-Si, si, ya termino de ver esto y voy.

No debería seguir escribiendo sobre lo de hoy, ni de lo de antes. ¿Cómo se sentiría Mariela si lo leyera? ¿Qué pensaría de mí? ¿Creería que en realidad nunca la amé y que solo siento gratitud por los dos bellos hijos que tenemos? No me siento bien. Yo también debería sentirme feliz por haberla visto después de tanto tiempo, tan luminosa y espléndida. Pero no, estoy quebrado, aniquilado, como si me hubiesen golpeado una y otra vez sobre mi cabeza y un sonido redundante de tambor no dejara de hundirse en mis pensamientos. Es que yo esperaba algo distinto. Encima se casó con…ese infeliz! Pero es feliz, algo que conmigo no lo fue. Pero ¿por qué no lo fue? ¿Qué fue lo que no le pude dar?

-¡Santi! dejá esos planos, trabajas mucho, aprovechemos, ya te dije es una noche para olvidarnos de todo!

Callate Mariela! Quiero pensar en ella. No quiero el arroz. No quiero cena romántica, no quiero tu camisón de satén coral con encaje y tu perfume Flower in the Air de Kenzo. No quiero tus caricias. No quiere enredarme en tu piel. No quiero. Quiero ir a buscarla y decirle que lo deje, que podemos escaparnos, que podemos ser lo que nunca fuimos, por inmadurez, por falta de experiencia, por fusión de egos, por… ¿Cómo puedo estar pensando esto? ¡Soy un desgraciado! Mariela no merece esto, ni lo que pienso, ni lo que escribo, es amor genuino el que ella me brinda día tras día…es la madre de mis hijos ¡Soy un monstruo!

Esperaba que me recordaras con nostalgia, que quedaras inmovilizada con deseos de volver el tiempo atrás, de recordar nuestros paseos. ¿Aún tu memoria puede recordar esa noche en el jardín de tu casa? ¿Te acordas Abril? Yo tenía el libro de Rimas de Adolfo Bécquer. ¡Yo te amaba! ¡Vos me amabas!. – Ella me interrumpió con dulzura- Si, Santi, me acuerdo, pero eso ya pasó. Soy feliz con Mariano. Y soy feliz encontrándote, saber que estas bien.
Me volvió abrazar, apenas su boca rozó mi mejilla y yo creí que se abría la tierra debajo de mis pies. Sin mirarme, se fue. Su caminar se perdió, entre las personas que diariamente van y vienen por la calle Corrientes. En ese instante Bécquer volvió a mi cabeza y de memoria y en voz baja recité:
 “Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.”

-Santi, dejá los planos de Fernández. El arroz y mi camisón de satén te están esperando.

- Mmmm… ¿Te pusiste el coral, que tanto me enloquece?

- Si…y a mí me encanta que te enloquezca.





Vanesa Spinelli

Cuento: Distantemente juntos



No eran los mismos. No podían serlo. Habían pasado varios meses. Y aunque el fervor y la voluntad querían, en su interior, ellos sabían que no podrían volver, que reconstruir fragmento por fragmento su historia era una tarea más que cansadora, punzantemente dolorosa. Cada pequeñísimo fragmento correspondía a un fragmento mayor, un rompecabezas del amor y el No-Amor, que se atraía y rechazaba en forma imprecisa e inconstante.

Es que la de ellos no era una historia del desamor, del penoso sentimiento que invade los corazones cuando el otro se transforma en un ser conocido, agradable, tierno, pero que no nos altera los nervios, ni nos hace crujir el estómago cuando discutimos o nos proporciona una sensación soleada en el alma cuando nos abraza.  La historia de ellos era la historia del No-Amor, del amor que no puede ser, del amor que se quema porque se excede, se desborda, está sin guía y no logra contención. Es la historia que pugna por triunfar, que se empuja con esfuerzo cuesta arriba porque quiere la cima, quiere Ser, quiere liberarse de las profecías de los otros, de los conjuros, de las supersticiones, de los malos augurios, lucha, lucha contra el destino, aunque sabe que al final solo podrán recordar que alguna vez supieron estar, como dice Cortázar, distantemente juntos.

Leandro la había invitado a cenar al mismo bar, en el que habían dejado parte de su historia, mientras habían sido novios. Reconocían que el barrio de Flores no los seducía por completo, sin embargo, tantas veces había sido testigo de sus largas caminatas nocturnas, en el medio de bocinas, autos, carteles llamativos de bailables, filas de adolescentes interminables, que volver a ese espacio, era volver a lo conocido, era volver al principio del camino.

Cuando tan solo eran compañeros de la facultad, recorrían Rivadavia desde Acoyte hasta San Pedrito y viceversa. Un domingo él llevaba la videocasetera para hacer un trabajo en una de las materias que cursaban juntos, y aunque las miradas de los dos se cruzaron con insinuación, se hicieron los disimulados, y siguieron caminando como si nada, como si el corazón no los asaltase ni les dijera en voz baja “vamos, vamos, esta es la oportunidad”.
Pero volvamos a esta noche, esta noche van a volver a mirarse a los ojos. Leandro le envió  por la mañana en un mail el fragmento de una canción de Ismael Serrano: “Hoy ceno contigo, hoy revolución”. Romina lo leyó entre otros mails que se habían amontonado en la bandeja de entrada de su correo electrónico y su emoción se deslizó descentrándola de su actividad, sin poder concentrarse, sin articular palabras y riéndose nerviosa, sin que sus compañeros pudieran advertir tan repentino cambio de ánimo y voluntad.

Camino a su casa reparó que, después de todo lo que había sufrido y las circunstancias que no quería recordar de su separación, tenía que pedirles a sus padres que se quedaran unas horas con Valentina, la hija de dos años que ella  tenía con Leandro. Pensaba y pensaba en los sermones que recibiría por parte de sus padres, porque a pesar de ser grande le recordarían una y otra vez  este tiempo de llanto, de tristeza cristalizada, de los llamados telefónicos, de Tribunales, de las audiencias con bronca y sollozo, del malestar, y de haberla visto deambular sin alma durante más de doscientos días. Sin embargo, ella quería ir a cenar con él, a pesar de las contradicciones que la asaltaban y la devolvían con su mente a esa noche espantosa, que no podía arrancar de sus ojos, cuando todo estalló. Quería descubrir que sentiría cuando sus ojos se posaran profundamente en los de él, quería escucharlo. Por algo Leandro había insistido más de un mes en lograr que ella aceptara finalmente encontrarse con él.
La pasó a buscar por la casa de sus padres y entre nervios, expectativas, ojos húmedos y relucientes caminaron juntos, pero no tanto. Él la tomó de la mano suavemente, y a pesar de que ella no quería otorgarle ese beneficio, tampoco se lo impidió. Leandro era el padre de su hija, legalmente su marido, el novio que la Universidad le había presentado a imagen y semejanza de sus caprichos intelectuales y todo eso era demasiado, era un todo que no llegaba a comprender, ni encauzar, ni atravesar, sin errores, ni tropiezos.

Se sentaron a cenar juntos por primera o por última vez. Habían transcurrido siete meses desde la noche en que ella se fue de la casa de Leandro,  con Valentina en brazos, apenas con la cartera y los documentos, ni ropa, ni calzado, ni recuerdos. Se fue, escapando de todo aquello que era irracional, que la dominaba, que la hundía, y no la dejaba ser. Sin embargo, lo quería y mucho. Esa  decisión fue la más dolorosa y la más acertada que pudo haber tomado, pero toda acción tiene su costo, tiene su lado más inquisidor, más perseguidor. Y Romina no dejaba de preguntarse ¿Podría haber hecho otra cosa que no fuese huir?

Emocionados, recordando lo que habían sido, él acarició delicadamente su barbilla y mirándola con firmeza y ternura le dijo – No quiero que llores más, ya sufriste mucho– .Palabras menos o más, ambos comenzaron con esa catarsis del perdón y de auto-culpa, tratando de decir lo mucho que lamentaban no haber sido lo suficientemente tolerantes para con las necesidades y el deseo del otro.
 El aire que se respiraba entre ellos sugería esperanza pero también tensión. Cada uno  con sus formas, trataba de no emitir ningún juicio de valor que pudiera lastimar o hacer sentir mal otro. Cada palabra era cuidada, era escogida del sinfín de posibilidades que nos presenta la lengua. Nada quedaba en el azar.  Eso lo habían aprendido muy bien durante sus años en la facultad. Todo gesto remite a un significado, un tono de voz puede generar compasión o ira. Ellos lo sabían, y sin embargo, no habían podido ser lo suficientemente conscientes y prolijos para saber que decir y que hacer en el momento adecuado.

Salieron del bar y Leandro la abrazó, caminaron lentamente tratando de que el tiempo permaneciera inmóvil para ellos. Cada paso que daban podía convertirse en un paso más cercano a la reconciliación o la separación definitiva. Sospechaban, pero no lo sabían. Siguieron caminando y Romina comenzó a aflojarse, decidió con su corazón liberarse del control que ejercían sus pensamientos, de las ataduras de los mandatos sociales, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, de lo que le dirían mañana sus amigos cuando les contara que había ido a cenar con su (ex?) marido. Leandro que la conocía íntegramente en sus pequeñas emociones y debilidades había percibido que ese era el momento justo, ni antes, ni después. La frenó en la esquina con su abrazo, la miró por unos segundos, con ansias, con ternura (incluso ella podría afirmar que la miró con amor, con ese amor que ahora era No-Amor) y en un gesto sutil de sus labios la besó. Temblaron, como en aquel primer beso que se dieron después de salir de una clase teórica de la facultad. El instante fue breve, pero intenso. Unas adolescentes que pasaron por la esquina gritaron – Ojalá les dure – Leandro se sonrió y dijo – Si supieran por todo lo que pasamos.

Sin embargo, tenían miedo, las palabras de aquellas jóvenes que no conocía nada de ellos, les generaba ruido, incomodidad, como el destino que se deja entrever en las cartas del Tarot y el adivinador que las tira no quiere decir, da vueltas, sugiere, pero no le menciona nada a su consultante, por temor a que sus videncias se confirmen, se vuelvan carne, se vuelvan reales.
Esa noche fue el primer intento de reconstrucción de un amor que ya había entrado en la etapa del No-Amor. Habían desafiado límites. Ellos sabían que hay fronteras que no se cruzan y las habían traspasado. Los intentos, los retazos, las lágrimas y las sonrisas se extendieron, duraron más de lo pensando,  durante varios meses. Sin embargo, nada pudo hacerse, desengañados de su propia ilusión, encontrándose nuevamente en el papel de víctima y de victimario, de policía y de ladrón, de juez y de acusado, tuvieron que despedirse tristemente, aceptando el fracaso y la frustración de lo que no fueron y nunca serían. Comprendieron que ya no eran los mismos, que aun queriéndose desde sus entrañas, no podían brindarse felicidad, no sabían ser felices, porque hacía bastante tiempo que habían perdido la posibilidad de saber estar distantemente juntos.


Vanesa Spinelli