El sueño de la escritura

El sueño de la escritura

lunes, 23 de marzo de 2015

Cuento: Distantemente juntos



No eran los mismos. No podían serlo. Habían pasado varios meses. Y aunque el fervor y la voluntad querían, en su interior, ellos sabían que no podrían volver, que reconstruir fragmento por fragmento su historia era una tarea más que cansadora, punzantemente dolorosa. Cada pequeñísimo fragmento correspondía a un fragmento mayor, un rompecabezas del amor y el No-Amor, que se atraía y rechazaba en forma imprecisa e inconstante.

Es que la de ellos no era una historia del desamor, del penoso sentimiento que invade los corazones cuando el otro se transforma en un ser conocido, agradable, tierno, pero que no nos altera los nervios, ni nos hace crujir el estómago cuando discutimos o nos proporciona una sensación soleada en el alma cuando nos abraza.  La historia de ellos era la historia del No-Amor, del amor que no puede ser, del amor que se quema porque se excede, se desborda, está sin guía y no logra contención. Es la historia que pugna por triunfar, que se empuja con esfuerzo cuesta arriba porque quiere la cima, quiere Ser, quiere liberarse de las profecías de los otros, de los conjuros, de las supersticiones, de los malos augurios, lucha, lucha contra el destino, aunque sabe que al final solo podrán recordar que alguna vez supieron estar, como dice Cortázar, distantemente juntos.

Leandro la había invitado a cenar al mismo bar, en el que habían dejado parte de su historia, mientras habían sido novios. Reconocían que el barrio de Flores no los seducía por completo, sin embargo, tantas veces había sido testigo de sus largas caminatas nocturnas, en el medio de bocinas, autos, carteles llamativos de bailables, filas de adolescentes interminables, que volver a ese espacio, era volver a lo conocido, era volver al principio del camino.

Cuando tan solo eran compañeros de la facultad, recorrían Rivadavia desde Acoyte hasta San Pedrito y viceversa. Un domingo él llevaba la videocasetera para hacer un trabajo en una de las materias que cursaban juntos, y aunque las miradas de los dos se cruzaron con insinuación, se hicieron los disimulados, y siguieron caminando como si nada, como si el corazón no los asaltase ni les dijera en voz baja “vamos, vamos, esta es la oportunidad”.
Pero volvamos a esta noche, esta noche van a volver a mirarse a los ojos. Leandro le envió  por la mañana en un mail el fragmento de una canción de Ismael Serrano: “Hoy ceno contigo, hoy revolución”. Romina lo leyó entre otros mails que se habían amontonado en la bandeja de entrada de su correo electrónico y su emoción se deslizó descentrándola de su actividad, sin poder concentrarse, sin articular palabras y riéndose nerviosa, sin que sus compañeros pudieran advertir tan repentino cambio de ánimo y voluntad.

Camino a su casa reparó que, después de todo lo que había sufrido y las circunstancias que no quería recordar de su separación, tenía que pedirles a sus padres que se quedaran unas horas con Valentina, la hija de dos años que ella  tenía con Leandro. Pensaba y pensaba en los sermones que recibiría por parte de sus padres, porque a pesar de ser grande le recordarían una y otra vez  este tiempo de llanto, de tristeza cristalizada, de los llamados telefónicos, de Tribunales, de las audiencias con bronca y sollozo, del malestar, y de haberla visto deambular sin alma durante más de doscientos días. Sin embargo, ella quería ir a cenar con él, a pesar de las contradicciones que la asaltaban y la devolvían con su mente a esa noche espantosa, que no podía arrancar de sus ojos, cuando todo estalló. Quería descubrir que sentiría cuando sus ojos se posaran profundamente en los de él, quería escucharlo. Por algo Leandro había insistido más de un mes en lograr que ella aceptara finalmente encontrarse con él.
La pasó a buscar por la casa de sus padres y entre nervios, expectativas, ojos húmedos y relucientes caminaron juntos, pero no tanto. Él la tomó de la mano suavemente, y a pesar de que ella no quería otorgarle ese beneficio, tampoco se lo impidió. Leandro era el padre de su hija, legalmente su marido, el novio que la Universidad le había presentado a imagen y semejanza de sus caprichos intelectuales y todo eso era demasiado, era un todo que no llegaba a comprender, ni encauzar, ni atravesar, sin errores, ni tropiezos.

Se sentaron a cenar juntos por primera o por última vez. Habían transcurrido siete meses desde la noche en que ella se fue de la casa de Leandro,  con Valentina en brazos, apenas con la cartera y los documentos, ni ropa, ni calzado, ni recuerdos. Se fue, escapando de todo aquello que era irracional, que la dominaba, que la hundía, y no la dejaba ser. Sin embargo, lo quería y mucho. Esa  decisión fue la más dolorosa y la más acertada que pudo haber tomado, pero toda acción tiene su costo, tiene su lado más inquisidor, más perseguidor. Y Romina no dejaba de preguntarse ¿Podría haber hecho otra cosa que no fuese huir?

Emocionados, recordando lo que habían sido, él acarició delicadamente su barbilla y mirándola con firmeza y ternura le dijo – No quiero que llores más, ya sufriste mucho– .Palabras menos o más, ambos comenzaron con esa catarsis del perdón y de auto-culpa, tratando de decir lo mucho que lamentaban no haber sido lo suficientemente tolerantes para con las necesidades y el deseo del otro.
 El aire que se respiraba entre ellos sugería esperanza pero también tensión. Cada uno  con sus formas, trataba de no emitir ningún juicio de valor que pudiera lastimar o hacer sentir mal otro. Cada palabra era cuidada, era escogida del sinfín de posibilidades que nos presenta la lengua. Nada quedaba en el azar.  Eso lo habían aprendido muy bien durante sus años en la facultad. Todo gesto remite a un significado, un tono de voz puede generar compasión o ira. Ellos lo sabían, y sin embargo, no habían podido ser lo suficientemente conscientes y prolijos para saber que decir y que hacer en el momento adecuado.

Salieron del bar y Leandro la abrazó, caminaron lentamente tratando de que el tiempo permaneciera inmóvil para ellos. Cada paso que daban podía convertirse en un paso más cercano a la reconciliación o la separación definitiva. Sospechaban, pero no lo sabían. Siguieron caminando y Romina comenzó a aflojarse, decidió con su corazón liberarse del control que ejercían sus pensamientos, de las ataduras de los mandatos sociales, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, de lo que le dirían mañana sus amigos cuando les contara que había ido a cenar con su (ex?) marido. Leandro que la conocía íntegramente en sus pequeñas emociones y debilidades había percibido que ese era el momento justo, ni antes, ni después. La frenó en la esquina con su abrazo, la miró por unos segundos, con ansias, con ternura (incluso ella podría afirmar que la miró con amor, con ese amor que ahora era No-Amor) y en un gesto sutil de sus labios la besó. Temblaron, como en aquel primer beso que se dieron después de salir de una clase teórica de la facultad. El instante fue breve, pero intenso. Unas adolescentes que pasaron por la esquina gritaron – Ojalá les dure – Leandro se sonrió y dijo – Si supieran por todo lo que pasamos.

Sin embargo, tenían miedo, las palabras de aquellas jóvenes que no conocía nada de ellos, les generaba ruido, incomodidad, como el destino que se deja entrever en las cartas del Tarot y el adivinador que las tira no quiere decir, da vueltas, sugiere, pero no le menciona nada a su consultante, por temor a que sus videncias se confirmen, se vuelvan carne, se vuelvan reales.
Esa noche fue el primer intento de reconstrucción de un amor que ya había entrado en la etapa del No-Amor. Habían desafiado límites. Ellos sabían que hay fronteras que no se cruzan y las habían traspasado. Los intentos, los retazos, las lágrimas y las sonrisas se extendieron, duraron más de lo pensando,  durante varios meses. Sin embargo, nada pudo hacerse, desengañados de su propia ilusión, encontrándose nuevamente en el papel de víctima y de victimario, de policía y de ladrón, de juez y de acusado, tuvieron que despedirse tristemente, aceptando el fracaso y la frustración de lo que no fueron y nunca serían. Comprendieron que ya no eran los mismos, que aun queriéndose desde sus entrañas, no podían brindarse felicidad, no sabían ser felices, porque hacía bastante tiempo que habían perdido la posibilidad de saber estar distantemente juntos.


Vanesa Spinelli

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