El sueño de la escritura

El sueño de la escritura

lunes, 23 de marzo de 2015

Cuento: "Linda, la gordita"

Se miró al espejo. Una arruga en el entrecejo le advirtió que ya no tenía veintipico. Hacía tiempo que mirarse una y otra vez, por la mañana y en la noche, se había convertido en su tarea preferida,  era un instante dónde deseaba encontrarse con esa de los ventipico.
Rimel. Rubor. Labial. Perfume. Casi como un guión diario seguía los pasos sin saltearse ninguno. Nada era suficiente. Se alejaba rápido de esa imagen que le devolvía el espejo. No lloraba, pero por dentro tenía un demonio que no dejaba de colgarse de sus palabras, y le arrancaba quejidos, sin saber cómo aquietarlo.

Al salir a la calle, quería volverse, y en su trabajo no podía concentrarse. Comerse un chocolate a escondidas, era su pecado más sabroso. Pero luego, se odiaba. Se preguntaba en voz baja: ¿Qué estás haciendo Andrea?
No almorzó. Utilizó esa hora para salir a caminar. La calle Florida le parecía homogénea, densa y arrebatada. Era mejor caminar, que pensar. Era mejor caminar, que pararse en esa galería y contemplarse en el espejo. Si caía en la tentación de hacerlo, se encendería aún más el demonio que llevaba con ella. Sus tobillos ya no eran tan estilizados. Su cabello se había vuelto frágil y fino. Y sus caderas ya no encajaban en el talle 38. En ese momento la cara de sus tres hijos le dibujó una sonrisa ligera y dulce. Se detuvo en el kiosco de revistas y mientras en su mente se escuchaba: “Hago lo que puedo. Trabajo. Estudio. Tengo una familia. La prioridad son mis hijos” sus ojos se detuvieron en una de esas revistas magazine que le ofrecían la fotografía de una mujer de su misma edad, actriz, famosa y madre de su segunda hija. Aunque quería convencerse de que las “celebrities” podían estar así de “espléndidas” por el tipo de vida que llevan su argumento no la convencía.

Empezó a desesperar.

Siguió caminando. Hacía mucho calor. Quería quitarse el abrigo, pero si lo hacía, sentía que “todos” observarían sus hombros caídos y sus brazos poco tonificados. No quería escuchar lo mismo que en la primavera anterior cuando un hombre que pasaba a su lado le dijo:- “Linda, la gordita”-. La gordita tapaba a la linda. Así vivía, escondiéndose, comparándose. Quería ser la de los veintipico, la de los tobillos estilizados, las caderas estrechas, el cabello ondulado y salvaje que le llegaba hasta la cintura, y los pechos soberbios, que armónicamente se amoldaban en su camisa blanca de jersey.

Entró a un café, el calor se había alojado en sus mejillas. Pidió una seven-up light con mucho limón y hielo. - ¿Quiere algo para comer? – preguntó amablemente el mozo. –¡No, no quiero comer nada! ¿Es que no se puede pedir solo algo para tomar?- le respondió Andrea impestivamente y enojada. El mozo no comprendía porqué se había sentido ofendida. Nunca lo comprendería. Comer, era igual, para ella, que ingerir calorías, y alojarlas en forma de kilos en el contorno de su cintura, y en los muslos de sus piernas. Subió rápidamente al primer piso y entro enloquecida al toilette. Volvió a mirarse. Estaba desencajada. El rímel se le había corrido, casi no había rubor. Las ojeras no habían sobrevivido al corrector. El cabello, se le había pegoteado al cuero cabelludo del sudor y la bronca. Se miró la falda:- ¡parezco una calesita de flores! ¿Cómo pude haber salido así a la calle?-

Quiso retocarse la cara y los nervios no la dejaban abrir el bolsito dónde guardaba todo su maquillaje de auxilio. Jamás salía a la calle sino llevaba el bolsito de pinturas, el cepillo del pelo y el perfume. Era los tres imponderables. Salir sin ellos, la hacía verse desnuda. Miró el reloj, en quince minutos debía volver a la clínica. No podía volver en ese estado. Recordó que ni siquiera había podido tomar la gaseosa que se había pedido. Dos lágrimas quisieron tomar forma en el punto inferior de sus ojos, pero tomó una bocanada de aire y pidió a ella misma calmarse. Se arregló de la mejor forma que sentía que podía hacerlo, pero no sabía bien como acomodar su cabello. Al final decidió tomarse un poco de cabello hacia el lado derecho y sujetarlo con esa horquilla, que casi ni se veía.

Así como ella, quería convertirse en invisible.

Le pagó al mozo y se fue apurada sin beber nada. La sed la trastocaba, pero ya había perdido demasiado tiempo. Sus pensamientos la habían amordazado y en el último tiempo se habían apoderado de ella, sin que hubiese una forma de atarlos, o quizás de desatarlos. Recordó que esa mañana su marido había querido hacer el amor con ella, pero le fastidiaba que en los últimos encuentros él prefería hacerlo con la luz apagada. Entonces ella, aceptaba, pero por dentro estallaban los demonios y se reían satánicamente y le gritaban al unísono:- “ya no le gustas” “por eso prefiere no verte”- Y entonces el encuentro se parecía más a una tortura, que a un juego del amor.  Se parecía más al sonido estridente que le golpeaba la cabeza, que a una melodía dulce que la atrapase. Pablo, no lo sabía. Tan solo podía percibir que algo le molestaba, pero cuando le preguntaba a Andrea si había algo que él estaba haciendo mal, ella le respondía sistemáticamente que solo estaba sensible y que era un problema de ella, que él no tenía nada que ver.

Si apuraba sus pasos en la última cuadra, llegaría a tiempo. - Solo un poco más de esfuerzo- pensaba.

La puntualidad y su buena organización en el trabajo, eran las claves de su desempeño. Por eso trabajaba con el Dr. Alonso desde hacía doce años y como él mismo decía: - “Tengo la mejor secretaria a la que podría aspirar. Es impecable, equilibrada, con buenos modales, inteligente y sobre todo conoce a mis pacientes. Sin ella, no podría hacer un buen trabajo”-

Andrea llegó a la Clínica, colgó su cartera y su abrigo en el perchero. Se dio la vuelta a la recepción porque a las catorce horas en punto llegaba una nueva paciente y ella era la primera en recibirla y en hacerle la ficha médica. En esta oportunidad la consulta con el Dr. Alonso era para realizarse una lipoaspiración y gluteoplastía.

Esta vez Andrea no podía recibirla. Se sentía acorralada. Doce años de su vida prestando su atención y su compasión a otras mujeres, a otros ojos, a otros cuerpos. Era demasiado. Todo eso se le había vuelto en contra.
-       Perdón, Dr. Alonso, pero tengo que retirarme. No me siento bien. Creo que estoy muy estresada.
-     No se haga problema, querida Andrea. Usted siempre tan cumplidora. Descanse y la espero mañana.
-   Gracias doctor. Hasta mañana.

Salió a la calle y volvió a respirar.


Vanesa Spinelli


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